Acabo de salir de ver Viralata en la Institución Teatral El Galpón. Excelente obra con un gran texto que habla acerca de nuestras raíces, nuestra historia y de las palabras y los silencios. Se centra en la pobreza, en Artigas y en el olvido.

Caminé unas cuadras y me crucé con la puerta de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen, lugar que conozco como la palma de mi mano, al punto tal que aún recuerdo el número de teléfono de su secretaría de memoria. No recuerdo a veces ni el número de mi propia casa.

Las puertas estaban abiertas. La misa de la noche empieza 8:30 y ya había algunas personas sentadas, pero el templo estaba mayormente vacío. El olor a madera lustrada me era absolutamente familiar. Las imágenes de la Pasión de Cristo se veían iguales a cuando en un Via Crucis narré alguna de ellas. La urna con una estatua de San José de Cupertino seguía allí, con algo de dinero dentro y muchas chapitas de estudiantes que lograron superarse y adjudicaron a él la fuerza o el aliento para lograrlo.

Me arrodillé y recé. Como hacía tiempo no rezaba. Repetí de memoria el Padre Nuestro, el Ave María y el Credo. Y pedí encontrar en Dios la fuerza para mantenerme fuerte frente a un futuro prometedor pero incierto.

No creo en la Iglesia como institución pero si me sirve ese lugar para darme unos minutos para pedir, para agradecer y para darme cuenta donde estoy parado.

No olvido ni perdono las atrocidades que se han hecho en nombre de Dios. Pero creamos o no en Dios, responsabilidades debemos adjudicarlas a las personas.

Sin embargo ese lugar cuyos rincones son como una segunda piel fue el único lugar donde me sentí seguro cuando era adolescente, donde le encontré un sentido a mi sufrimiento que gritaba en silencio porque cuando había hablado nadie parecía escuchar. Ni mi familia, ni las otras instituciones a las que pertenecía, como el colegio José Pedro Varela o la Asociación Cristiana de Jóvenes.

Ahí descubrí la importancia de darse al otro y de amar hasta que duela y de ahí nació mi vocación. Yo no sería quien soy sin mí larga estadía dentro de grupos de mi parroquia, que incluso con sus limitaciones me recibió cuando salí del closet. No sería el educador o el hombre que soy sin haber sido parte de la catequesis, la perseverancia, la legión de María.

Hoy elijo no ser católico, elijo que mi trabajo esté despojado de otros mensajes perniciosos que da la Iglesia. Pero por un instante entre y el lugar congelado en el tiempo me hizo volver a otro tiempo en el que allí me sentía seguro y querido y me hizo pensar en que, aunque no podamos volver al pasado, si podemos resignificarlo y mirarlo con amor.

Hoy elijo hacer eso.