Suena en mis oídos la música que siempre suena y todo el primer ómnibus de día y ya lejos quedó mi desayuno, mis inyecciones y pastillas que me permiten continuar vivo.

En el balanceo del ómnibus entre cierro los ojos mientras me empuja toda mi voluntad para continuar el día. Para continuar con mi vida. Y miro al mundo despertarse y pienso si realmente están despiertos. ¿Realmente estoy despierto?

Y la música cambia en este teléfono inteligente, cambiando absolutamente la atmósfera reflexiva de lo que escribo. Y las palabras igual fluyen pero son un río sin un curso fijo ni un destino determinado.

Y el cielo está gris y parece que hubiera perdido la guerra y a veces lo extraño. Extraño a ese hombre que me hizo suyo durante algunos meses, pero aún no estoy limpio.

Y pienso en todos a los que mi impureza no les importa porque ven en mi un poco de consuelo y amor que a veces les falta. Amor que a mi me falta y que decido entregar porque el amor no se retacea, se multiplica.

Y el día continúa, y subo de a poco las escaleras mientras sigo escribiendo, mientras sigo intentando cuidarme un poco, principalmente para poder seguir dándome a otros.

Sin embargo si me soy honesto también arrastro los pies en el viejo piso de pequeñas venecitas verdes antes de zambullirme en la piscina pensando infantilmente que podré arreglar mi autoestima si cambio ligeramente mi envase.

Y eso es contradictorio a todo lo que digo creer pero es curioso que no siempre sentimos lo que creemos.

El día continúa y con el me olvido de esta reflexión, porque brillan miles de soles a diario, aún en los días nublados.

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