Las palabras escritas han sido siempre mi refugio. Hoy no es la excepción. Los armarios y los disfraces me han quedado pequeños y hoy decido salir de uno de ellos.

No pensé, en el momento que me enteré hace algún tiempo ya, que fuese a contarlo de manera pública. Que fuese a escribirlo y que con eso, quizás se vuelva una nueva etiqueta, un nuevo camino desde el cual militar pero también es un nuevo dardo con el cual herirme.

Ya se lo había contado a mi familia y a algunos amigos, hasta lo trabajé en una dinámica de clase en la que contábamos sobre nuestros desafíos e incluso una Directora y colegas profesores lo sabían.

Me cuesta ocultar lo que me pasa, soy un depresivo ansioso y esta situación solo me genera ansiedad. Ansiedad por si podré encontrar el hombre que no tenga el estigma y me mire a mi y me ame a mi. Ansiedad por no sentirme juzgado por mi sexualidad.

A veces ser un cuerpo disidente, tener una sexualidad que no es la heteronormativa es aceptado en tanto representes perfectamente la heteronorma, solo que afectiva y sexualmente te vincules con alguien de tu mismo sexo.

Durante un tiempo quise ser eso y luego exploré mi sexualidad, mis morbos, mis fetiches y el lado oscuro de mi mente. No sé si alguno de todo aquello fue poco saludable pero lo sospecho porque me expuse a drogas y a sexo sin la seguridad que debería haber tenido y que sabía que debía tener.

Sin embargo después de haber estado tan dañado por el bullying y sentirme tan roto por dentro supongo que quise romperme más y por eso en mi búsqueda identitaria tomé riesgos que quizás no debería haber tomado.

Eso conforma parte de mi pasado y no se quien soy hoy. Hoy me paro como un hombre gay que vive con VIH, que el viernes se hará su primer chequeo post diagnóstico, que toma cuatro pastillas por día y que espera que todo salga bien.

Hoy me paro a contar qué hay días que estoy deprimido y que no puedo ni levantarme de la cama y otros que soy un rayito de sol porque las tripas me motivan a salir de las sábanas azules de mi cama de una plaza.

Y quizás alguien se pregunte porque decido hacer esto publico. Y es una pregunta legítima. Cada quien cuenta lo que tenga ganas de decir.

Hace poco le conté a un par de amigos, entre ellos un chico gay más joven que yo que tenía algunas dudas o fantasmas respecto a este tema y en un momento simplemente pensé en compartir mi experiencia para que el miedo se fuese.

Al día siguiente, ese chico y yo coqueteamos (yo voy a mantener en esta historia que fui absolutamente provocado, el susodicho se hará cargo de lo suyo) y la tercera persona, sabiendo que este chico tenía mambos con el VIH, miedos que se nos vienen enseñando desde hace generaciones le grita que tengo VIH, cosa que ya sabía y cosa que yo había confiado como un acto de amor.

Ese acto de amor y de confianza pendió de mi como una espada de Damocles en la que podía elegir seguirle el juego a uno de los chicos más bonitos que vi o enojarme con esta otra persona. Elegí disfrutar de ese momento, que fue de los más eróticos de mi vida y sobre el que escribiré en clave poética más adelante.

Además, la reacción de esta persona, si bien fue porque deseaba que no confundamos nuestra amistad, me lastimó tanto que escribiendo esto siento que nadie más va a tener el poder de volver a lastimarme así porque en este momento, con este texto me adueño de mi historia.

Este es el comienzo de mi camino con el VIH, y espero que sea un camino muy largo y en el que pueda aportar mi granito de arena en una lucha colectiva por encontrar la cura y mientras tanto luchar contra los estigmas y reclamar mejores tratamientos.

Agradezco a Santi, Seba y Lucas que en este tiempito me prestaron un oído para poder atravesar este proceso.

¡Gracias desde ya por leerme!