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Introspección

Nuestra última pelea

Cuando decidiste dejarme, pensé en darte pelea. Dar pelea a la situación, darle vuelta a la cuestión y volver a tener una relación. Y pensaba durante 365 días escribirte y de alguna manera seguir hablando día a día. Cuando terminaran esos días te enviaría mi libro de poesía que en este tiempo se convirtió en prosa poética, obsequios de cosas que me hicieron pensar en vos en este año…la parafernalia de costumbre. Hasta se me ocurrió una excentricidad. Te dejaría ganar la primera de muchas nuevas peleas… te trataría mejor, con mayor paridad, con genuina entrega…

Mi diario funcionaba porque te conocía tanto que sabía tus respuestas, sentía tus palabras y olía tu respiración… que poco a poco se fue haciendo más difusa, más vaga y más lejana. Tu voz ya no resuena fuerte en mi mente y pareciera que me aferro al recuerdo solo en mi corazón, pero cada vez te escribo menos. Cada vez te siento menos y cada vez te necesito menos.

Y un poco me duele que así sea. Me siento mal por sentir que no cumpliré mi último juramento, el de escribirte durante un año, para que me conocieras de otra manera, para que me vieras diferente y para que me sintieras presente. Y como me siento mal… y como preciso conocerme… y como te quiero, quiero seguir escribiéndote. Y quizás lo haga.  Seguir leyendo “Nuestra última pelea”

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Nostalgia

Camino por una calle, o mejor dicho por su vereda, que atravesé mil veces y de pronto vuelve. Las nubes que tapan mi cielo celeste me traen una tarde que ya no existe. Ibas caminando a mi lado, bastante molesto y sin dudas obligado hacia donde yo quería ir, hacia donde yo debía ir. Y así era nuestro amor, condenado porque yo debía aprender en el camino hacia donde realmente tenía que ir, porque no sabía a donde quería ir. Y cuando lo supe era algo tarde para un amor ahogado por el peso del pasado. Seguir leyendo “Nostalgia”

Un viejo cepillo de dientes

Estaba lleno de polvo y de repente apareció en la superficie. Mi hermana hablaba y me contaba que no encontraba ese cepillo de dientes. Sus noches compartidas que se difuminan en el alba recién comienzan y las nuestras hace ya tiempo no existen. Los acordes cotidianos que tan felices nos hacían para otros hoy son música que apenas está comenzando. En esos gestos que parecen de lo más mundano vemos como el otro se convierte en parte de nuestras vidas. Ella me hablaba, algo distraída, y ni siquiera sospechaba lo que en mi interior acontecía.

¿Seguirá estando en tu biblioteca esa caja vieja con mi cepillo de dientes? Tu casa aún está en mi retina vívida, tal y como era en los primeros encuentros, tal y como la vi en los últimos. Y mi casa sigue estando igual que cuando viniste por última vez. Tus fotos siguen en mi cuarto y las sigo viendo. Te sigo sintiendo.

Aunque la charla duró un segundo…. y aunque fuese de lo más cotidiano, tu recuerdo volvió tan vívido como siempre pero la ausencia más diluida, más translúcida, más desteñida.

Y mientras ella mencionaba que precisaba ese cepillo de dientes, que él la vería hoy en casa y quizás a la noche lo precisaba se me venían, desordenadas, las fotografías de nuestro tiempo. Noches de cartas, películas y cenas juntos, risas y canciones de cunas cantadas con torpeza, sueños claros de un futuro promisorio. Y ese cepillo de dientes que usabas cuando, pícaro, te extendía la invitación explícita y obligatoria para que conmigo te quedaras.

Te siento cada día más lejos y cada día más adentro. Los días se suceden, uno atrás del otro y parece que el tiempo está detenido en aquel momento. Detenido en aquel momento en el que, genuflexo, miré mi vida caerse como una torre de naipes a la que no podía detener de desmoronarse por haber hecho tan endeble su base.

La vida sigue teniendo sentido y a la vez lo perdió un poco, como si fuera una acuarela que de tanta luz perdió un poco su color. Todo es igual y a la vez tan diferente. Ya no sos mi presente y ya no usás acá tu cepillo de dientes.

Ausencias

Ausencias

Nunca voy a volver a tocar tu cuerpo. Nunca voy a sentir tu olor teñido en mis sábanas y tus sueños nunca se posarán nuevamente en mi almohada. Nunca volveré a cantar una canción de cuna para que a Morfeo te entregues. Pero no puedo dejarte ir. Aún no puedo. Seguir leyendo “Ausencias”

Un epitafio para mi pequeña Samantha

Llegaste una noche a mi vida. Mis manos pequeñas no podían contener la emoción aunque cabías, minúscula en ellas. Y esa noche de un mes de invierno o de una fría primavera de 1998 entraste a nuestro primer hogar en Juana de Arco. Mientras te agarraba y sentía tu piel blanca en mi pecho, orgulloso y magnánimo se acercaba Oliver al que adoptaste como otra madre. Ese idilio duró unos meses, mientras crecías a pasos agigantados, trepándote en un improvisado árbol que hoy te sobrevive. El instinto es letal y esa madre se convirtió con tu florecimiento en un gatuno pretendiente… al que alejamos como si se tratara de Montescos y Capuletos por lo pequeña que aún eras. Y en este Romeo y Julieta, a tu primer Romeo se lo llevó la parca, que olía a instinto y de pronto estábamos solos, tu y yo.

La pena parecía inconmensurable, en mi corazón de 9 años y tu desasosiego era entendible. Aún cachorra enfrentabas una segunda partida. Y mis brazos se volvieron tu refugio, tu abrazo, y tu cuerpo mi calor, mi consuelo. Y así empezó aquella amistad de amor incondicional, que como todo amor verdadero, trasciende y trascenderá nuestro tiempo.

Ese niño empezó a crecer y tú creías a su lado, fiel como perro obediente, pero con hocico coronado de elegantes bigotes de aristogata. Y el tiempo pasaba y mi historia se complicaba. El acoso y las dificultades de ser el niño diferente en la escuela se transformaron en el bullying de ser el joven que en ningún lugar podía encajar salvo al refugiarse en su cuarto, en su cama, con tus ronroneos como canción de cuna.

Con la adolescencia comenzó una etapa de descubrimiento en la que tú, mi fiel compañera, mirabas en silencio. Tus sonidos eran solo muestra de que querías mimos. A veces parecía que me respondías con maullidos aquellas palabras tiernas que yo te decía, mi señorita. Y esos diálogos eran almíbar en mis oídos acostumbrados a los insultos y a la desaprobación del mundo exterior.

Luego me fui durante un año, en el que me redescubrí pero en el que ni por un segundo dejé de extrañarte. Te me aparecías en sueños y cuando un almohadón le daba calor a mis pies mi mente lo transformaba en tu presencia. Al volver, airada y ofendida, durante algunos momentos quisiste ignorarme, pero al rato volvíamos a ser carne y uña.

Y de esa manera se dio en cada uno de mis viajes, de mis escapadas, de mis locuras… conmigo permanecías incluso cuando algún amor de pocas noches conmigo se quedaba. Esa infancia y adolescencia de repente empezaron a pasar facturas y durante un tiempo mucho costó que yo abandonara el lecho. Y en ese tiempo de depresión, al que se le sucedería a los pocos años otra enfermedad, nunca dejaste de estar a mi lado, atenta a lo que me pasaba, acompañándome y haciendo posible que yo volviese a ser.

Para algunos la adolescencia es el tiempo de los primeros amores pero para mí Diego y Santiago vinieron después. Y éste último llegó a compartir mucho tiempo contigo y conmigo pero siempre tuvo claro cuál era su lugar. A veces Santiago y yo nos mimábamos en la cama y como siempre con tus celos entre nosotros te posabas. Siempre que me acompañaba a ti te gustaba marcar presencia. Lo que no sé es si habrás entendido que mi corazón es enorme y tiene espacio para amar muchísimo pero es difícil que algún amor opaque al que siento por vos, mi chiquitita. Y entre estornudos, antialérgicos convivieron vos y él, mis dos grandes amores.

Y en el final, con tu tos sSamieca, con tus pelos cada vez más blancos y tus pocos dientes aún seguías elegante y coqueta caminando con parsimonia y acompañándome en todo. Tan unidos éramos que cuando te empezaste a rendir, fue a mi cuarto a donde fuiste para prepararte para partir. Y tan sincronizados estábamos que allí enseguida te encontré y juntos fuimos a la veterinaria donde extendimos por unos días tu vida.

Ese tiempo que nos regalamos nos sirvió para despedirnos, para que pudiera decirte cuanto te amé, lo difícil que sería la vida sin ti y para darte las gracias. Y también un poco de helado de dulce de leche, que era también tu perdición.

Esperaste a que me fuera porque sabías que yo no lo soportaría y cuando volví ya no estabas. Y pasan las horas, los días y las semanas y miro en los rincones pensando que te voy a encontrar. Camino por los pasillos, hablo en voz alta como lo hacía cuando estabas cerca, a sabiendas de que en el final ya estabas sorda… Las hojas del helecho, cada vez más largas, rozan mi nuca y me recuerdan a cuando lo hacías vos, que te acostabas en ese lugar y cuando veías que me sentaba, te despertabas para adueñarte de mí regazo.

Y aunque sé que eso no pasará, no dejo de pensarte y de extrañarte.

Lo que me queda es desearte un muy bien viaje y tener la confianza de que nos encontraremos del otro lado del arcoíris.

¡Me hiciste un niño, un joven y un hombre muy feliz, mi Samantita!

Dos cajas de té

Abro el gabinete y allí las veo, rosada y con el Big Ben, insolentes. Dos cajas con bolsas de té que me avizoran tu ausencia cada vez que abro la despensa. Cada vez que miro ese té, que compré para tomar contigo, pienso en esas charlas sin pronunciar. Y me viene a la mente un millón de preguntas que se reducen a saber cómo estás, qué estás leyendo últimamente, que cosas me tendrías para contar… conversaciones que sin duda darían teniendo en nuestras manos esa infusión caliente que solo contigo quisiera tomar. Hoy esas conversaciones solo se encuentran atrapadas en mi mente, como fantasmas que no pueden salir de su castillo embrujado. Seguir leyendo “Dos cajas de té”

Un tiempo al que no puedo volver

La ciudad se impregna en mi retina con la agridulce calidez de tu recuerdo y aunque hasta a mí mismo me lo niegue aún a diario te pienso.

La vida sigue tan igual y tan diferente y no dejo de tenerte presente cuando atravieso lugares por los que juntos pasamos en el pasado o en mis sueños o en nuestro futuro por mí arrebatado.

Arrebolado y peregrino me siento sin mi ancla. Hoy que no estás conmigo estoy en carne viva, calcinado. Seguir leyendo “Un tiempo al que no puedo volver”

Πάντα ῥεῖ

Todo fluye y fue el principio de un amor de principio roto, de comienzo precipitado, de desarrollo torpe y de final anunciado. En las primeras palabras en clave de premonición parecía conjugarse esta historia de amor.

Amor cobarde amputado en mi mentira, que antes sentía casi inocente, imperceptible y que a nadie hería. Terminamos ambos lastimados porque no pude a tiempo ni por nuestro cielo abandonar, como el otoño a sus hojas, mi pasado, mis demonios, mis patrones. Seguir leyendo “Πάντα ῥεῖ”

Ni a regañadientes

Las primeras luces del alba penetran el cielo
y acaban así el hechizo de la noche
y me quitan el velo
que me hacía pensar que aún era posible lograr eso que anhelo. Seguir leyendo “Ni a regañadientes”

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