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Poesía

Dos cajas de té

Abro el gabinete y allí las veo, rosada y con el Big Ben, insolentes. Dos cajas con bolsas de té que me avizoran tu ausencia cada vez que abro la despensa. Cada vez que miro ese té, que compré para tomar contigo, pienso en esas charlas sin pronunciar. Y me viene a la mente un millón de preguntas que se reducen a saber cómo estás, qué estás leyendo últimamente, que cosas me tendrías para contar… conversaciones que sin duda darían teniendo en nuestras manos esa infusión caliente que solo contigo quisiera tomar. Hoy esas conversaciones solo se encuentran atrapadas en mi mente, como fantasmas que no pueden salir de su castillo embrujado.

Me sé sin derecho a preguntarte pero hay días en los que caigo. Hay días en los que te llamo con mi mente pero mi voz no sale por mi garganta. Pareciera que ni cuerdas vocales me quedan, ni energía para emitir los más primitivos sonidos guturales me quedan. Es que me sé eternamente sin derecho.

Sin derecho y sin título aún me siento tuyo. Tuyo como yo siempre supe ser, entregado con el alma y confundido en mis pulsiones. Entregado como yo puedo entregarme. Entregado en la parte más pura de mi alma. Y a pesar de ello entregado a medias. Quienes no se entregaron a vos fueron mis más instintos carnales. Instintos contra los que lucho por domar como caballo salvaje y cabrío pero es una lucha que no gané en nuestro tiempo.

Casi burlonas me miran esas dos cajas de té. Y a veces les devuelvo la mirada. Saco un sobre y lo pongo sobre el agua hirviendo. Ya no me da pereza calentarla en la caldera. Es que ahora ese té lo tomo a tu salud.

Ni a regañadientes

Las primeras luces del alba penetran el cielo
y acaban así el hechizo de la noche
y me quitan el velo
que me hacía pensar que aún era posible lograr eso que anhelo.

Deseo volver a enamorarme de nuevo
sin traiciones, sin mentiras
pero no de cualquiera, no de alguien nuevo.
Mi alma aún se pregunta si será posible curar las heridas.

Vos y yo colisionamos
nos chocamos y fusionamos
y por un tiempo tu dulce disposición y mi ternura se hicieron una.

Vos y yo hoy nos apartamos,
y admito con vergüenza que te lastimé y te hice daño.
Y aún así también admito que aunque sin derecho a hacerlo que te extraño.
Y que con mi mente todas las noches aún te llamo
hasta que la aurora anuncia el inicio del nuevo día.

Hasta los mejores caemos
y aunque me siga perdiendo en tu mirada
y el tiempo pase y me sienta paralizado
ya es momento de levantarme y emprender el vuelo.

Y aún así, a sabiendas de todo, aún te pretendo.
Y aún así, ni a regañadientes estoy dispuesto aún a renunciar
a volverme a enamorar, no de alguien nuevo sino de vos.

Soltar y dejarte ir

Soltar y dejarte ir
y darme cuenta que ya sos libre como el aire
duele y cuesta porque es sentir
que finalmente me rendí.

La espera no puede ser eterna
y hace tiempo ya que me puse a disposición
en la más absoluta e irreductible entrega
para que a mí volvieras
y cada día que pasa, la distancia se siente menos pasajera.

Debo sanar y avanzar,
tomar un nuevo rumbo.
Soltar.

No me rendí
pero no depende de mí
que puedas ver más allá de la noche
y ser, juntos, el día que te propongo.

Cada instante que pasa
siento mi amor transmutado,
como si estuviese resquebrajado
pasado y quebrado.

Soltar y no querer.
Pero me soltaste.
Me agarro y finalmente caigo.
Y me levante tanto que ya no sé si realmente caí.
¿Caí?

No sé si quiero levantarme,
no sé lo que quiero.
Sólo se que mi alma te extraña
que de día y de noche mira el mundo
y por vos clama.

En tu frialdad aún te amo
y sé que aún me amás.
Y con esa convicción miro al horizonte
y respiro aire puro.
Y suelto.
Y sigo.
Lo intenté todo.
Di todo a destiempo.
Sigo adelante.

Ahí recuerdo que mi amor es como el viento
y aunque hayas decidido dejarlo de ver
allí está por ahora tranquilo
como calma antes de un nuevo rugido
que alborote las mareas de nuestros corazones
voraz en la espera de un nuevo comienzo.

El eco de una vieja canción

El carrusel dejó de girar
y la música cesó de sonar
y aunque empeño he puesto
las piezas parecen no querer encajar.

Pareciera que te es imposible perdonar
y que te es imposible olvidar
y yo no paro de recordar…
cuando cruzo la estampa
de una vieja camiseta mía que solías usar.

La ciudad parece impregnada de tu presencia luminosa
aunque, entre nosotros, ambos sabemos que poco la transitás
pero mi mente te ve en todas las cosas
y mi mirada aún busca entre los transeúntes
volver a ver tu roja boca,
tus pestañas largas, tu mirada dulce
y tu piel que contra la mía curtida se ve tan blanca.

Mis oídos se rehúsan poco a poco a escuchar la melodía de la esperanza
de tenerte entre mis brazos
de sentir tu mano fundida en mi mano.

Y cuando la inmensidad del aire pareciera ahogarme
me salva el eco de una vieja canción
y te siento pidiendo una vez más cantarte
esa canción de cuna de una infancia ajena
y ahí parece ser posible por un instante la quimera.

Y ahí yo ya quisiera
convencerte de que mi vida entera
la pasaría haciéndote feliz, si tan sólo así vos lo quisieras.
Si tan sólo vos pudieras.

En esta batalla entre mi amor y tus miedos
yo ya estoy jugado.
Hundiste mis barcos
y de manos y pies me siento atado
y ya es tiempo de que juegues tu última ficha.

Ojalá que la jugada sea lo que tu alma desea.
Ojalá no sea el miedo el que, cobarde, termine la partida.

San Valentín

San Valentin viene hoy a mi en el desencuentro, en el presente aún mancillado por el pasado,
que en clave de tormento,
como venenoso puñal
se clava en el medio del pecho.

Pero yo me se amado
y yo he amado.
El amor nunca debería conjugarse en pasado
porque una vez en el mundo
jamás se da por acabado.

El amor de verdad es eterno
y mi amor, defectuoso como yo
es inmenso como el firmamento
lleno de tormentas como las de hoy
que parecen dar final a nuestro verano.

San Valentín dura solo un día
y la tormenta siempre da paso al celeste alegría
y el gris del inabarcable cielo cambia de color
y de nuevo continúa la vida.

En nuestro tiempo

Los acordes cotidianos se suceden.
Lágrimas y risas,
también cosas del día a día,
lo que sea que al cactus permita
no volverse cosa marchita.

Y de a poco con la brisa de estío
se corrió la ventana y con estilo bravío
me abalanzo a él aún al rojo vivo.

Y ese día le hable.
Y le canté.
Y me escucho.
Y ahora que el telefono ya duerme
yo también duermo con el ruido de la lluvia y la sonrisa en el semblante.

¿Querrá Morfeo atraer a Caronte
y que juntos traigan nuestro amor
que hoy está algo lejos?

Las respuestas solo están en nuestro tiempo.

Cuenta gotas

En un dia que pintaba aciago
y de repente
como con cuenta gotas
un fugaz arpegio de notas de una melodía que ya no existe
Tu voz irrumpió como un haz de luz
hálito de vida
que por un instante hizo que recobrara la sonrisa.

La voz clara del otro lado del teléfono
mi ligera sordera
y mis comentarios medidos
como con cuenta gotas.
Para impedir un exceso de pócima que rompiera el hechizo
De volver a donde ya no existe.

Volver a nuestro lugar eterno
aunque tu no quieras
te hace aun mi cómplice
de sueños imposibles.

Escuetas palabras y en modo de plegaria
entregue el alma al otro lado del teléfono.
Entrega tardía que choca con tu pose esquiva.
Escasas palabras que devore como maná en el desierto que es la vida con tu ausencia.

Fuegos artificiales de un nuevo año

Y dice que recuerde mirar el cielo
brillante de colores artificiales y estruendoso…
cuando mi cielo mas bello es el mirado juntos en esta larga primavera.

Aún me restan cielos por mostrarte,
de cúpulas surreales
y un jardín de cuento de hadas
que habita entre nosotros tan solo a unas cuadras.

Quizás este cielo chino y de convencional emoción
sea el preludio de un millón de cielos de veras compartidos
con caricias en los crepúsculos
transmutadas en complicidades en el alba.

Quizás otro año no dejo de mirar el cielo belicoso
porque estas a mi lado cuando pides que alce los ojos al firmamento
y entonces lo haga como agradecimiento
como cuando otrora lo hacia en compungida plegaria.

Sin consuelo

No hay consuelo
Cuando viste el mas bello de los cielos
y ufano en que era una odisea hiciste de todo para ennegrecerlo.

Y hoy busco mi horizonte limpio
en un montón de cielos penetrados por chimeneas y suciedad
Y no hay consuelo
para tan innecesaria soledad.

Solo hay desazón
cuando tenes que dejarlo ir y decir adiós
solo hay lagrimas.
De esas que duelen desde que salen
hasta que caen en las sabanas que solíamos compartir.

No encuentro consuelo.
No siento sosiego.
Mi mundo entero es mustio y es feo
con la certeza de que tu piel de leche y tus ojos de avellana no se posarán más en mi simiente.

Tímidas las lágrimas aparecen
porque hoy
siendo el hombre que soy
no encuentro consuelo.

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