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Amistad

La amistad y algunas de sus mañas

El ser humano es un ser social por naturaleza. Desea estar acompañado de otros. Precisa estarlo. Es así que Emile Durkheim, hace siglos ya, hablaba de que en las sociedades desarrolladas existía un tipo de solidaridad en el cual las personas cumplían roles diferentes unos de las otras pero que se complementaban entre sí. Para ponerlo en términos bien simples, un ejemplo podría ser el que se da en la siguiente cadena de interacciones sociales: el panadero precisa del agricultor para obtener la harina y él a su vez precisa del industrial que construya sus máquinas para cosechar y el industrial precisa al panadero para poder comer y tener energías y construir esas máquinas que el agricultor precisa para darle los insumos al panadero.

El corazón funciona de la misma manera. Uno da amor, hace favores, escucha al otro, trata de aconsejar, es decir cumple un sinfín de funciones para con otros por las cuales se supone debe percibir algo a cambio. Sin embargo no recibe lo mismo a cambio, tal como el panadero no recibe pan a cambio de pan. Sería fútil ese tipo de intercambios.

Sin embargo en el ejemplo del panadero no solo hay un acuerdo tácito de que por el pan él debe percibir algo a cambio, sino también un acuerdo explícito por el cual el panadero sabe que por cada onza de pan recibirá determinada cantidad de dinero. En la amistad, en cambio, no existe una tarifa fija por lo que hace

mos por los demás o por lo que hacen por nosotros. Y tampoco existe una balanza que mida si la relación es equitativa o, por el contrario, existen inequidades en los términos del intercambio.

Como pareja e incluso a veces como compañero de trabajo o estudio he sido un desastre. Mis problemas personales hace algunos años, o mi falta de compromiso a la hora de ser un buen novio me han hecho fracasar en

muchos de mis emprendimientos, aunque no en todos. Sin embargo como amigo he sido realmente bueno. Doy lo que mi corazón tiene para ofrecer e incluso más. Soy honesto y considerado. Trato de estar presente, me preocupo y me ocupo de mis amigos y siempre que tengo una palabra para dar o el oído para ofrecer, ambos están. Como durante muchos años de mi vida fui víctima de bullying no tuve muchos amigos. Ahora que los tengo hago mi mayor esfuerzo por valorarlos y hacerlos sentir como algo importante de mi vida… aunque no siempre lo logre. Creo que las a

mistades se nutren y se cuidan. Y no las tomo a la ligera porque no son algo que tengo de forma gratuita sino que debo ganármelas.

corazon roto

Y al hacer este esfuerzo, sin duda espero algo a cambio. Uno no espera lo mismo que dio, uno no espera ese “pan” pero si espera algo. Yo, en particular, espero rodearme de gente que se quiera y que me quiera. De gente que esté en la búsqueda de estar bien y de transitar un camino de felicidad juntos. Empero me suelo cruzar con personas que me utilizan (o aún peor, que sin hacerlo, me hacen sentir usado). Personas que son egoístas y no se la juegan por los demás o que aparecen y desaparecen a su entera conveniencia. Y eso me hace sentir solo. Porque a veces los amigos y compañeros que de verdad tengo no son compañeros de todas las horas ni pueden compartir conmigo todos los momentos.

Se que no lo son porque no pueden. Lo que compartimos es limitado a un determinado aspecto de la vida y en ese lugar donde ellos se encuentran son los mejores amigos que podría pedir. Pero a veces ansío más. Entonces busco amigos para compartir eso que no logro con los que ya tengo y vienen los tropezones y las caídas. De tanto que tropiezo ya se como caer y soy experto en levantarme.

Y a veces, cuando fuiste un solitario y no tuviste amigos durante tanto tiempo, pensás que te merecés esas relaciones en las que no te sentís valorado o no te sentís del todo cómodo. Como sos bueno dejás pasar muchas cosas hasta que explotás y eso no es bueno. Si uno siente algo, por más feo que se sienta sentirlo, lo siente y por ende tiene que encararlo y resolverlo.

A mi me cuesta poner límites y decir cosas negativas pero cuando no las digo y las acumulo el resultado es peor porque estallo por algo que parece una nimiedad, cuando en realidad es porque no supe decir que cosas pequeñas me molestaban a tiempo de esos amigos para que juntos pudiéramos modificarlas o aprender a vivir con ellas.

Querer ser siempre bueno y querer siempre agradar no es la clave. La clave es quererse a uno mismo, saber cuales son sus fortalezas y debilidades y tratar de ser amigo con gente que te nutra y complemente. No es necesario conformarse con las migajas porque hay que tener en cuenta el valor de uno. Todos tenemos mañas, es cierto. Y los otros las soportan. Pero cuando uno da y recibe a cambio algo que considera muy poco ya no es una maña a soportar sino una relación desigual que termina sin valer la pena.

A veces se pueden hablar las cosas y resolverlas, a veces hay que cortar de raíz. A veces las medidas parecen drásticas. A veces duele. A veces uno se arrepiente y vuelve a empezar. La vida es dinámica. Lo importarte es recorrerla con buenos compañeros.
Todo esto lo digo por experiencia.

Cimarrón: la discriminación y la imposición de la heteronormatividad

Cimarrón: la discriminación y la imposición de la heteronormatividad

cimarron

La discriminación en la sociedad uruguaya parece ser un cáncer imposible de extirpar, incluso bien avanzado el siglo XXI. Se repiten episodios de discriminación a diario. Al gordo, a la negra, al pobre, al gay, al judío. Porque se supone que no entramos en lo normal. Sin embargo ¿Qué es lo normal? ¿Y quién es la voz autorizada para poner a algunos en una bolsa y a otros en otra?

Además, ¿Es legal discriminar? ¿Por qué ocurre con tanta frecuencia y facilidad, y sobre todo con tanta impunidad? Estos dos puntos, la imposición de un modelo de ser humano y la legalidad o ilegalidad de este tipo de medidas discriminatorias son los puntos que quiero tratar en esta entrada a mi blog.

Siempre pienso en estos temas, trabajo con estos temas, vivo estos temas por ser abiertamente gay, y también abiertamente estar en todos lados, con gente de todas las orientaciones sexuales, todas las religiones y colores, todos los partidos políticos. La igualdad comienza cuando reconocemos el derecho de todos a ser diferentes. Y a mi me gusta vivir en una burbuja de gente diferente, en la que todos somos iguales, valemos sólo por nuestras virtudes, tal como marca la Constitución de nuestro país (y justo ayer que era 18 de julio, día en el que se aprobó nuestra primera Constitución).
Sin embargo hoy lo pensé más porque me pasó un episodio de flagrante discriminación. Hoy en la puerta de Cimarrón (Bar y Parrillada) un lugar al que voy desde que tengo 18 años no me dejaron entrar por mi vestimenta. Según la persona de seguridad de la puerta mi apariencia no iba con la onda del boliche. Lo que quiso decir, lo más amablemente posible, es que era demasiado puto para entrar.

Yo le dije que lo que estaba haciendo es ilegal. Dentro de las normativas vigentes respecto al Derecho de Admisión y aplicables a mi caso, está en el Digesto Departamental de la IMM en el Volumen XII de los Espectáculos Públicos, Título Único, Capítulo 1, que en sus disposiciones generales, artículo D.2804 marca que se prohíbe la entrada a todo local de espectáculos públicos a personas en estado de embriaguez o notorio desaseo.

En el marco de las leyes existe la ley 17250 de Defensa del Consumidor, que en su artículo 22 (que versa en las prácticas abusivas del comercio) dice “Negar la provisión de productos o servicios al consumidor, mientras exista disponibilidad de lo ofrecido según los usos y costumbres y la posibilidad de cumplir el servicio, excepto cuando se haya limitado la oferta y lo haya informado previamente al consumidor, sin perjuicio de la revocación que deberá ser difundida por los mismos medios empleados para hacerla conocer.” Las personas seguían entrando a la discoteca Cimarrón mientras que yo me veía impedido de hacerlo. Y también existe una ley, la 18507 en la que el consumidor puede realizar un reclamo rápido si se ve afectado.

En la legalidad existe un vacío respecto al Derecho de Admisión porque no hay una normativa clara. Sin embargo, con la normativa vigente los dueños de Cimarrón estaban en la ilegalidad al plantear a su seguridad normas discriminatorias (además tenemos leyes respecto a la ilegalidad de la discriminación por orientación sexual) para impedir el paso a personas que tenemos una estética distinta o una orientación sexual diferente.
Y el mismo guardia de seguridad reconoció que lo sabía. Sabía que estaba en la ilegalidad.

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Yo iba a este lugar porque una amiga muy querida cumple años. No me cambia que una noche no salga a bailar. No me cambia no poder ir más allí. Me cambia no poder compartir momentos y generar recuerdos por la discriminación que un local bailable pueda hacer.

Me cambia porque desde que tengo 18 años voy y una de las cosas que me gustaban de ese lugar es, que si bien se caracteriza por tener un público tradicional y conservador, yo podía ir como quería y pasaba tranquilo. Nunca me habían dicho nada, como si me había pasado en otros lugares. Fui de blazer fucsia, de pantalones rojos, ropa más estridente que la que hoy visto. La gente me miraba. Incluso alguna persona me preguntó si era gay y entable conversaciones que quizás esa persona nunca había tenido. Hablé de identidad de género, de sexualidad, de las diferencias. Entre copas y de forma amena. Esas personas tenían experiencias que los enriquecían y yo también. Pasé grandes noches ahí con mis mejores amigos, escuchando música que quizás en otro lugar no escucho.

Cuando reinaba la armonía, y no tenían reglas de admisión discriminatorias e ilegales. Lindos recuerdos.
Cuando reinaba la armonía, y no tenían reglas de admisión discriminatorias e ilegales. Lindos recuerdos.

En un momento de la charla con el guardia de seguridad mi amiga, la cumpleañera le interpelaba y preguntaba que si yo me sacaba determinadas cosas (un gorro fedora o un pañuelo) podría pasar. Yo le dije que no importaba, que no me iba a cambiar. No porque ese sombrero o ese pañuelo significara algo. Vivo a tres cuadras. Puedo vestirme de otra manera. Puedo vestir como todo el público que allí está. Cambiarme e ir. Pero eso, simbólicamente, implica volver al closet. Disfrazarme de una persona que no soy para poder ir a bailar. Y no estoy dispuesto a tal sacrificio. No estoy dispuesto porque fue una lucha salir de ese closet, aceptarme a mi mismo y que quienes me quieren me quieran por quien soy.

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Esto nos introduce un poco al otro punto que quería tratar en este artículo. La imposición de un modelo determinado de personas. Hay personas que son correctas, que se adaptan a un patrón que la sociedad ve como normal y otro grupo de gente que por no estar en ese patrón es excluida. Gente que es gorda, negra, de una orientación sexual o una religión distinta y que por eso no puede entrar. El acto de no poder entrar es hasta simbólico.

El no poder entrar en lo que la sociedad nos pide nos da miedo. Miedo a ser excluidos. Sin embargo vivir con pieles ajenas nos produce incomodidad y picazón. No es necesario hacerlo. Podemos vivir siendo quienes somos. Simplemente siendo quienes somos. Distintos pero mezclados. Sin separarnos o aislarnos porque somos distintos. La diferencia enriquece.

La imposición de la heteronormatividad y de una determinada masculinidad marca la pauta de que sociedad tenemos. Donde muere una transgénero y los medios de comunicación masivos la vuelven a matar al no respetar su identidad de género. Donde mueren mujeres todo el tiempo y la violencia en el deporte abunda. Incluso en ámbitos educativos las maestras son golpeadas porque madres y padres no manejan la frustración.

Otros modelos alternativos, donde la gente pueda manejar mejor sus sentimientos, su frustración, su forma de ser, sus deseos, etc. son posibles y necesarios. Modelos en los que cada quien pueda ser diferente y ser quien es.

Algunos quizás piensen cuando lean esto. Pero el pibe puede ir a un boliche para gays, ¿por qué rompe los huevos? Y es verdad puedo ir a un boliche gay, convivir con gente que quizás no me vaya a discriminar, al menos no por mi sexualidad, bailar determinada música y no salir de esa burbuja. Pero yo no elijo a mis amigos por su sexualidad. Elijo a mis amigos porque me caen bien, porque comparto valores e intereses y si esos amigos les gusta ir a Cimarrón, Lotus, o cualquier otro lugar, yo voy. Porque decido no esconderme. Quizás esa exposición me coloque en lugares de vulnerabilidad y me hace vivir estas experiencias tan feas. Pero también me fortalece. Porque me animo a salir de mi zona de confort. Y nunca voy a volver a ese lugar cobarde de esconderme. Por más que me sigan discriminando. Porque exponiéndome voy a abrir sendero para que la discriminación disminuya. Porque una voz honesta es más fuerte que la de una multitud. Aunque esa multitud este llena de prejuicios, mediocridad, miedo y cobardía y yo tengo esa voz valiente y sincera y el coraje para usarla para la denuncia.

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Bullying: Sentirse mirando desde afuera

Desde que tengo memoria siempre me supe diferente. Me lo hacían sentir, o quizás soy diferente y por eso lo siento. Pero no creo ser tan peculiar o diferente al resto de la humanidad. Sin embargo siempre me hicieron sentir diferente y mal respecto a esa diferencia. Y me lo creí. Y me lo creo.

Desde que tengo memoria siempre me sentí rechazado. Porque lo era. Constantemente. Durante años. Y eso deja mella.

Hoy en día sigo siendo diferente y alrededor mío tengo muchos amigos que me quieren y aprecian por quien soy, incluyendo esas diferencias como algo positivo. Y los quiero muchísimo y les estoy agradecido, porque en su compañía creí. Dejé de temerle a la gente y a los grupos. Me di cuenta que soy interesante y divertido y digno de ser querido.

Pero hay días en los que me siento increíblemente solo. Como si fuese la única persona a la que le pasan estos asuntos. Como si fuese una persona imposible de querer, sin ningún valor. En esos días siento que vuelvo a las aulas del liceo y de la escuela, donde todo esto se generó. Me siento de nuevo ese niño vulnerable, que solo quiere sentirse seguro, amado y respetado por quien es, sin necesidad de que lo cambien.

Hay situaciones que me hacen sentir rechazado de nuevo. En las situaciones de levante, me siento como si fuera lo último de lo último. Nunca voy a ser uno de los “cool kids” por más que tenga fotos hermosas en Facebook o haga lo que haga. Cuando me gusta una de esas personas que parece perfectamente integrada y popular en la pirámide social, es aún peor. Me siento aún más inseguro y devastado por no saber que decir o como capturar su atención. Y cuando no la obtengo, cuando simplemente soy ignorado, me vuelvo a sentir como si no valiese nada.

Incluso si bien tengo muchos amigos, nunca logre pertenecer a ningún grupo del todo. Ni tampoco formar un nuevo grupo. Siempre estoy con una pata adentro y una afuera. Por mis peculiaridades y mis aristas siento que nunca puedo encajar en ningún puzzle.

Y eso me frustra. Nunca tener un grupito de amigos para salir, para vacacionar, y siempre verlos desde afuera. Ver a mis amigos con sus grupos de amigos haciendo actividades y yo, en el mejor de los casos como un invitado especial, como un agregado. Y me frustra y duele aún más cuando lo veo en gente que no conozco, en grupos a los que me gustaría, por como imagino que debe ser, pertenecer.

Cuando yo expreso estos sentimientos, el interlocutor me dice cosas como “Pero si sos lindo…”, “Pero si sos inteligente…”. Y yo puedo reconocer veracidad en algunos de esos argumentos. No soy horrible de mirar y definitivamente no soy tonto –aunque también me lo hacen sentir, menos frecuentemente que indeseable, pero me lo hacen sentir-.

Me interpelen con el argumento que me interpelen, por más verdaderos que puedan llegar a ser, no puedo evitar sentirme de esta manera. No puedo evitar que las lesiones del bullying sigan teniendo su efecto en mí, en como interactúo con otros, conmigo mismo, con mi cuerpo, con mi sexualidad, etc. Si bien hay días mejores, cuando los días vuelven a ser malos, realmente lo son.

28#Egocéntrico e infantil

Hoy tuve una charla que tenía atragantada en mi pecho con alguien. Alguien a quien consideraba amiga. Hoy somos buenos conocidos y valoro los recuerdos juntos.

Me dijo algunas cosas que si considero verdaderas. Que soy egocéntrico y que –con ella- siempre hablo de lo mismo, y es triste y depresivo. Dijo que me regodeo de estar triste, que lo disfruto. Yo creo que no. Yo disfrutaba mi brillo anterior. Quiero desempolvar mi viejo yo. Pero soy alguien que necesita hablar las cosas muchas veces.

Ella tiene una forma de ser distinta, y según ella y yo también hay que respetarla. Pero de alguna forma yo me sentí lastimado en algunos momentos, ignorado por esa forma de ser, que no conocía y no comprendía.

En mi infantilismo interpreté falta de interés, falta de valoración. Quizás me valora de una forma distinta a la que yo quiero.

Pero en este momento solo me puedo dar el lujo de conservar personas que me ayuden a salir adelante.

A veces, aunque dos personas compartan historias difíciles no son kindred spirits, y son amistades duraderas. Son amistades que coincidieron en un momento y un lugar y no hay pieles sintéticas ni brillos que puedan hacer que esas personas vuelvan a coincidir.

Quizás yo crezca, y sea el adulto que puede tener esa amistad, quizás ese infantilismo, que en realidad es compulsividad en las acciones, deje de ser un problema.

Quizás en algunos sentidos somos espejos, y es un espejo molesto, en el que no le gusta reflejarse.

Quizás.

Soy infantil, y en algunos sentidos me gusta eso de mí. Soy un libro abierto, y en muchos sentidos me gusta.

Pero también trato de ser un buen amigo y una buena persona. Trato de respetar aunque a veces no de la manera en que otros quieren ser respetados.

Creo que lo más importante es que reflexiono sobre lo que me pasa a diario y trato de salir mejor parado después.

Con esto que acaba de pasar me doy cuenta que tengo que invertir más en mis amigos, los verdaderos, y no tanto en amistades más recientes, a excepción de algunas, que realmente no me conocen y no van a poder decodificarme. O que al menos no las siento con autoridad para hacerlo.

Creo que sea va a ser una meta de ahora en más, vivir la amistad de una forma más auténtica y verdadera.

¿Ustedes como viven la amistad?

 

4 # Hay que ser egoísta ¿hay que ser egoísta?

Hoy me encontré en el ascensor con lo que creo o creíamos con mi madre era una vecina nueva. Nos llamaba la atención lo melindroso de su estilo, lo harapiento de su atuendo. Sin embargo, al ser una señora grande, no nos mereció más reflexión que la de que curiosa nueva vecina teníamos.

Sin embargo hoy en el ascensor tuve la chance de hablar con ella. Yo, que soy medio arisco con mis vecinos, no hablo mucho. No sé porque, nunca me generó curiosidad entablar más que una cordial relación de respetuosos saludos.

Había forjado, a la fuerza de ella, relación con la abuela del edificio, mujer que vivió allí desde su creación y que no vacilaba en pararte justo cuando llegabas media hora tarde a una reunión, para contarte los pormenores de la construcción del edificio, el cáncer de su marido, su trabajo en CONAPROLE, y como le partió el corazón que para mudarse al edificio tuviese que regalar a sus perros y que nuevos compradores los tuvieran a pesar de las reglas en su contra. Empero sin esa excepción, nunca hablé mucho con nadie.

Y hoy esta señora se sube al ascensor conmigo. En esos pocos instantes me cuenta que la vida es difícil. Para ella es difícil cuidar a una señora mayor enferma. Y más si sus familiares no se preocupan.

¿Ella, que ante mis ojos es una señora mayor trabaja, quien sabe por qué motivos cuidando de otra señora mayor? Quizás por eso su apariencia, mimetizada con su entorno. Pero eso es otra reflexión. Volviendo al diálogo ella me dice que ella cuidó a su madre hasta los 92 años. Suspira. Y dice “Y se me fue la vida en eso…”  medio para que yo lo escuche, medio simplemente para ella.

Quizás era como consuelo, como forma de razonar el porqué de su existencia, o porque en ese instante estaba ante un joven de lentes grandes que la miraba con atención y la escuchaba con respeto. Un joven, que a diferencia suya tenía el futuro por delante. Quizás lo decía como consejo. Esa es mi conjetura más fuerte. Como consejo. Terminó la charla con un simple quizás hay que ser más egoísta en este mundo. Balbuceó algunas palabras más y el ascensor siguió su camino.

Y yo pensaba. ¿Hay que ser egoísta? En este mundo para lograr lo que nos proponemos tenemos muchos obstáculos. ¿Será que uno de nuestros obstáculos es nuestra bondad y don de gente, en suma nuestros valores? ¿Será que podremos ser egoístas para alcanzar resultados?

Para algunos la respuesta es muy sencilla. Para otros de una tremenda complejidad. Yo me encuentro en el primer grupo. Para mí los valores son lo que guían mi vida. Puedo descarriarme de ellos, pero sin ellos no tendría orden alguno mi existencia. Sin embargo en mis acciones se refleja que si bien mi corazón y mi parte más racional de mi cabeza piensan eso, instintiva e intuitivamente a veces actúo de acuerdo a mis intereses y no en consecuencia a mis valores.

Entonces en esa dicotomía pienso, ¿hay que seguir los valores siempre? Creo que los valores son ideales, modelos a seguir, y no podemos seguirlos siempre. A veces defender la vida es un valor que tenemos pero protegemos la propia porque no nos animamos a detener un crimen. ¡Y así con todo! Esta señora perdió su vida, o gran parte de sus años cuidando de un ser querido. Y dijo “No me arrepiento, puedo dormir tranquila” y posó su mano en el pecho, cerca del corazón.

Pero ¿no podríamos tenerlo todo? Tranquilidad de espíritu y una vida plena parecen cosas básicas. Sin embargo a veces estamos en la disyuntiva de cómo hacer para cumplir con los otros, y básicamente con nosotros mismos y nuestra consciencia. Y también cumplir nuestros sueños.

Todo es cuestión del equilibrio, de la reflexión y de priorizar. Tener los valores como ideales a seguir y las ideas sobre quienes queremos ser bien claras.

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