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Semanario Hebreo

Symcha Inwentarz: Una luz en la más absoluta oscuridad

CENTRO RECORDATORIO DEL HOLOCAUSTO – POR FABIÁN ÁLVAREZ

Y en ese momento en el que el mal absoluto se expresó, también se alzaron otras voces, otros brazos, otros cuerpos dispuestos a pelear del lado de los justos. Y de ellos si bien se sabe, no se escribe tanto ni vemos tantos libros en los escaparates de las librerías. Y estas líneas son un humilde intento de honrar su memoria, en particular la de Symcha Inwentarz. Ver galería de fotos.

Acerca de la Shoá han corrido ríos de tinta. Se han analizado las causas, los culpables y sus historias, el contexto histórico. Sobre los detalles más morbosos y tenebrosos podemos obtener miles y miles de páginas. Y a pesar de la creciente desaparición física de los sobrevivientes gracias a sus testimonios finales y las evidencias físicas que siguen apareciendo vamos a seguir, al menos por un largo tiempo, viendo aparecer libros y artículos sobre el tema.

Aunque el tiempo pase, la Shoá se convierte cada vez más en algo inabarcable porque nos interroga a todos, interpela a la condición humana y pone en el tapete la existencia de la maldad absoluta.

Y en ese momento en el que el mal absoluto se expresó, también se alzaron otras voces, otros brazos, otros cuerpos dispuestos a pelear del lado de los justos. Y de ellos si bien se sabe, no se escribe tanto ni vemos tantos libros en los escaparates de las librerías. Y estas líneas son un humilde intento de honrar su memoria, en particular la de Symcha Inwentarz.

Symcha Inwentarz es un héroe anónimo. Pocas veces se ha escrito sobre él y quien más se ha esforzado en mantener su memoria es su hija Larissa que lo describe como “un hombre humano, culto, sencillo… la persona que más he admirado en mi vida”. Muchos hijos podríamos decir esto de nuestros padres pero Larissa tiene mucho más por lo cual estar orgullosa de Symcha porque sin dudas fue un hombre extraordinario.

Para entender estas afirmaciones vamos a adentrarnos un poco en la historia de Larissa, la voz a través de la cual conocemos mejor a Symcha. Los padres de Larissa vivían en la Unión Soviética cuando fue invadida por la armada alemana. Si bien su padre era mayor, fue llamado a enrolarse para el servicio secreto de transmisión, por su profesión de ingeniero y un día llegó un trágico telegrama en el que se enteraron que había desaparecido. Se presume que fue fusilado.

Ahí comenzaron días duros de miseria y hambre indescriptibles para la familia de Larissa. Su madre tuvo múltiples empleos y en uno de ellos, conoció a Symcha Inwentarz, quien para Larissa es su padre.

Symcha nació en Varsovia, Polonia y durante la Segunda Guerra Mundial fue hacia Rusia, luchando permanentemente por sobrevivir, hasta que se encontró con Larissa y su familia. Sus intenciones eran las de ingresar en el ejército, pero al no poder ingresar terminó trabajando como tenedor de libros en una fábrica de azúcar. Ahí fue donde comenzó el camino que lo convirtió en uno de esos hombres grandes, que uno quisiera ser en caso de vivir situaciones límites. Entre los refugiados a los que atendía desde su trabajo había muchos huérfanos que calaron hondo en él.

Finalmente la guerra termino pero el infortunio de estos refugiados, en especial para los niños iba a seguir por mucho más tiempo y por eso Symcha decidió ponerse en acción para que los refugiados judíos pudiesen volver a su patria. Para esto consiguió dos locomotoras y 60 vagones y tras un largo viaje llegó a Polonia. Allí se buscaron sobrevivientes, familiares de estas personas sin mucho éxito. Algo que indigna tremendamente es la indiferencia del mundo y su gente durante todo este período, pero un hecho que me hace hervir la sangre y por un segundo perder la fe en la humanidad fueron los ataques de algunos polacos no judíos a polacos judíos –por antisemitismo o simplemente por no querer devolverle a los polacos judíos sus pertenencias- a su regreso, algo que Symcha vivió en carne propia. Su vida y ejemplo es lo que me hace recuperar una vez más mi fe en los hombres.

El viaje que comenzó con locomotoras continuó con camiones. En Polonia y en el resto del viaje más niños se sumaron. Estos niños no sabían leer ni escribir, algunos ni siquiera hablar. Vestían harapos y estaban hambrientos. Symcha no sólo era un buen hombre sino que, como dijimos, también era culto. Un pedagogo de nacimiento. Así les enseñó a todos el idish y el hebreo. Organizó con otros profesores clases de historia y hasta deportes. Symcha consideraba que un cuerpo sano les ayudaría a sanar las heridas del espíritu.

Finalmente llegaron a Francia 150 niños. No eran los mismos huérfanos que rescató Symcha. Estaban mejor vestidos y mejor arreglados y con la esperanza de un porvenir. Un porvenir en la tierra prometida, que aún no se llamaba Israel, sino Palestina.

Lamentablemente Symcha no pudo acompañar a esos niños por los que tanto dio. Su esposa debía ser operada y el grupo estaba listo para viajar en el Exodus. Sin embargo el barco fue detenido antes de llegar y algunos niños no sobrevivieron. Otros fueron a un campo de detención en Chipre. Sin embargo al final lograron establecerse en Israel.

El pensaba seguirlos un poco más adelante pero el destino tenía otros planes trazados para Symcha. Los tíos de Symcha vivían en Uruguay y tras la noticia convencieron a Symcha de emigrar a Uruguay en vez de Palestina a pesar del enorme apego que la familia sentía por todos los niños. Así, el 27 de diciembre de 1948 llegaron a Montevideo.

La vida de Symcha se no se redujo a esta epopeya heroica y un retiro tranquilo. No solo siguió en contacto con esos niños por el resto de su vida sino que se dedicó a educar a generaciones de niños en nuestro país. Y educadores con esa bravía realmente cambian el mundo.

Larissa

Los conocimientos que aprendió cuidando a sus inolvidables huérfanos los fue aplicando en el colegio en el que trabajó (la Escuela Scholem Aleichem). Cada generación con la que trabajó fue diferente. La primera, nutrida de inmigrantes que conocían el hebreo o el idish y a quienes eran fácil transmitirle los valores hebraicos. Luego vinieron los hijos, nietos y bisnietos de ellos. Los padres de sus alumnos también habían sido alumnos de este hombre. Formó parte de la historia de una comunidad y ayudó a moldearla.

Rescatar a los huérfanos marcó su misión en la vida. Vivió para la escuela. Vivió para enseñar y a través de la enseñanza para cambiar el mundo.

En la prensa montevideana, cuando Symcha murió salió un artículo titulado “Al maestro con cariño” en el que los huérfanos recordaban a este hombre por el amor que les dio. Merecidamente lo llamaban zeide (abuelo).

Y es deber de todos recordar esta luminaria en medio de la oscuridad porque si bien lo que Symcha hizo fue heroico y valiente, no fue sobrenatural. A veces nos vemos a nosotros mismos como minúsculos e insignificantes. Symcha no era un superhéroe. Era un hombre como nosotros. La diferencia entre gente como él y nosotros es, que por miedo o indiferencia, no conocemos nuestra misión en el mundo y la llevamos a la práctica.

Necesitamos tener claro que es lo correcto y actuar en consecuencia. Necesitamos inspirarnos en quienes, antes que nosotros, trazaron un camino a seguir. Un camino de rectitud, de ética intachable, de heroísmo. En las grandes y en las pequeñas situaciones de la vida. Quizás ninguno de nosotros viva una situación tan extrema, en la que la vida sea el costo de hacer lo correcto. Sin embargo por razones más banales a veces no hacemos lo que sabemos que tenemos que hacer. Symcha sabía lo que debía hacer y lo hizo. Es tiempo de que nosotros también lo hagamos, día a día.

“Eso de durar y transcurrir no nos da derecho a presumir, porque no es lo mismo que vivir honrar la vida…” y vaya que Symcha Inwentarz la honró.

La historia de Larissa y de su padre Symcha Inwentarz se recoge en el libro que se presentará el próximo 3 de julio de 2017 en la Kehilá. 

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La revancha del mensajero

La revancha del mensajero – Publicado previamente en Semanario Hebreo

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Por Fabián Álvarez – Voluntario del Centro Recordatorio del Holocausto 

En mi segundo año como voluntario del Centro Recordatorio del Holocausto no dejo de sorprenderme al vivir experiencias nuevas. Aunque pueda parecer que ser guía del Museo de la Shoá, hacerlo es ser parte de un lugar insigne por ser el primer museo sobre el Holocausto de América Latina. Además, aunque una parte de la visita sea una charla en una sala contigua al museo, algo pequeña, en estos recorridos siempre ocurren situaciones nuevas. Seguir leyendo “La revancha del mensajero”

Reflexión: ¿es posible acostumbrarse a trabajar sobre Shoá?

Publicado en Semanario Hebreo – 17 de setiembre de 2015

Artículo semanario hebreo

Por Fabián Álvarez – Voluntario del Centro Recordatorio del Holocausto

El 10 de setiembre nos visitaron alumnos de 2do año de la UTU de Pando queriendo conocer más acerca de un período negro de nuestra historia. Con gran esfuerzo logístico y juntando dinero para el transporte, docentes y estudiantes llegaron a la Kehilá, lugar en el que se aloja el Centro Recordatorio del Holocausto. Seguir leyendo “Reflexión: ¿es posible acostumbrarse a trabajar sobre Shoá?”

Liceo de Maldonado visita al Centro Recordatorio del Holocausto

Liceo de Maldonado visita al Centro Recordatorio del Holocausto

Por Fabián Álvarez, voluntario del Centro Recordatorio.

Artículo publicado en el Semanario Hebreo.
Artículo publicado en el Semanario Hebreo.

Preservar la memoria es un asunto que nos compete a todos. Es importante por muchos motivos; porque no podemos repetir acontecimientos nefastos para la humanidad toda como fue la Shoá (Holocausto) y no debiéramos siquiera permitirnos la más mínima semilla de intolerancia hacia el diferente, porque fue así como se suceden las tragedias, y porque las víctimas y los sobrevivientes merecen ser recordados.

En este marco existen instituciones en nuestro país como el Centro Recordatorio cuya misión es poder darle voz a quienes ya no se encuentran con nosotros pero que tienen poderosos mensajes del pasado para transmitirnos. Y que una vez recibidos nosotros también podemos diseminar.

El Centro abrió sus puertas el miércoles pasado a los alumnos de 6to año del Colegio St. Joseph Mary College y les propuso una visita guiada por sus instalaciones. Sin embargo es imposible hablar de la Shoá sin crear una narrativa en la cual los objetos mostrados en el Museo adquieran significado.

Mi misión como guía fue esa. Crear una narrativa. O mejor dicho unir algunas piezas de un infinito puzzle que dieran cuenta de cómo sería la imagen general una vez completado. Esa narrativa la proveen los testimonios de sobrevivientes y víctimas, que en sus diarios y novelas plasmaron lo que era vivir entre discriminación, prohibiciones y violencia, en guetos y en campos de concentración y exterminio.

Desde un primer momento como grupo nos enfrentamos al reto de tener que imaginar a través de las palabras, las imágenes de la vida en blanco y negro de esa época. Los fallos en la tecnología fueron suplidos por la riqueza de los testimonios y la incisividad de alumnos ya sensibilizados por la temática. Al ya conocer a insignes sobrevivientes como Ana Vinocur, era casi imposible no sensibilizarse al ver su peine, símbolo de que si uno tiene la fuerza y se lo propone, nadie es capaz de quitarnos la dignidad y nuestra condición de seres humanos.

Con simpatía y entablando una relación casi de igual a igual, es posible transmitir de forma educativa conceptos demenciales como los que el nazismo y la barbarie que produjo implican. De ese recurso también me valí para mostrar el templo. ¿Por qué mostrar un lugar de culto en un recorrido sobre Shoá?

Muchos de nosotros, los gentiles, no tenemos la posibilidad de ver como es una sinagoga y quizás de nunca conocer a un judío. El conocimiento es un arma poderosa para poder combatir la discriminación. Cuando conocemos una cultura, un pueblo y una religión que nos era hasta ese momento extraña, podemos comenzar a ver el mundo que nos rodea sin esos preconceptos y prejuicios que nos convierten en personas discriminadoras y reaccionarias. Y la Shoá justamente comenzó con discriminación.

A este encuentro se sumó un amigo, a quién le daba curiosidad saber qué es lo que hago y por qué lo hago si no soy judío, cuál es la relevancia de la temática en los albores del siglo XXI. Tuvo su respuesta a lo largo de toda la charla. Lo hago porque la Shoá no es patrimonio del pueblo judío sino de la humanidad entera y todos debemos mantener viva la memoria. Lo hago porque soy un ser humano y vivo en el planeta Tierra. Porque la Shoá, en su singularidad, le ocurrió al pueblo judío, pero en el porvenir podría ocurrirle a otro grupo humano y por estar absortos en lo mundano los demás no generamos una fuerte consciencia de que como humanidad debemos defendernos los unos a los otros.

Al finalizar aquel encuentro, esa veintena de jóvenes y sus docentes y también mi amigo, pudimos compartir algunas reflexiones sobre la importancia de la memoria y el legado que nos dejaron las víctimas y los sobrevivientes de la Shoá así como también pensar a la otredad desde la complementariedad y el enriquecimiento y no desde la oposición. Ver al otro como una posibilidad y no una amenaza es el cambio paradigmático que debemos lograr como humanidad para poder superarnos y alcanzar la paz duradera y el bienestar.

Desde este humilde lugar el Centro Recordatorio, y quienes están dispuestos a compartir una tarde con nosotros, estamos haciendo nuestra parte.

Algunas reflexiones sobre la memoria de la Shoá en los uruguayos

Por Fabián Álvarez para CCIU (publicado el 26 de enero y publicado en Semanario Hebreo el 29).

A lo largo de todo mi proceso de escolarización, como le ocurre a la mayoría de los jóvenes no judíos, estudiamos el Holocausto como una de las tantas anécdotas o capítulos de la Segunda Guerra Mundial. Nos horrorizamos con las cifras, nos conmovemos con las imágenes y seguimos adelante en el programa estudiando el desenlace de la Guerra y el comienzo de la Guerra Fría.

Nuestra formación sobre la Shoá termina allí. Sabemos que Hitler y los nazis eran los malos de la película, sabemos que los aliados eran los buenos y con suerte conocemos la historia de una precoz escritora llamada Ana Frank.
Y de esta manera se educó a muchas generaciones…en el mejor de los casos.
Sin embargo la Shoá es un acontecimiento único y paradigmático que ayudó fuertemente en la definición de la construcción moderna de los derechos humanos, desde la Carta de las Naciones Unidas hasta las diferentes Convenciones que penalizan los crímenes de guerra y los genocidios. La Shoá incluso creó el término genocidio –aunque existiesen genocidios previos, que hasta el fin de la Shoá no tuvieron un nombre con el cual ser denominados-.
La Shoá interpela la condición humana. ¿Existe el mal absoluto? ¿Existe el bien absoluto? ¿De qué somos capaces los hombres? Dado que la Shoá nos permite formular estas y otras tantas preguntas, no debería ser un tema estudiado a la ligera, como un añadido en un programa de historia, sino de manera interdisciplinaria. Enfoques literarios y filosóficos deberían ser incluidos a la hora de conocer un poco que fue el Holocausto.

Entender la Shoá nos permite intentar no repetir esos actos de discriminación que llegaron a su cenit con los hornos crematorios y también entender el mundo en el que vivimos. Siguen existiendo crímenes de lesa humanidad y la Shoá no fue el único genocidio del siglo XX. Con la frase anterior no quiero apelar a la comparación ni a la equiparación. El sufrimiento humano es único e incomparable en cada una de las situaciones. Pero si podemos ver diferencias, similitudes, formas en las que estos conflictos fueron resueltos.
A pesar del vago conocimiento que los jóvenes uruguayos recibimos sobre la Shoá, cada vez que paso por una vidriera de una librería hay varios textos relacionados al Holocausto.

Y a pesar de que mucha gente sepa muy poco sobre lo que ocurrió en este período de la historia el cine casi todos los años nos trae una película que muestra un aspecto de la Shoá. Una de las más recientes es Ladrona de Libros. Uno podría pensar prejuiciosamente que el cine es una industria dominada por la judería mundial y, escudándose en esa teoría conspiratoria, decir que ese es el motivo por el cual hay tanto para narrar sobre la Shoá.
Sin embargo no solo el cine trabaja sobre la temática. Nuestro teatro independiente trajo varias obras este año que directa e indirectamente tocaron el tema. Algunas de ellas fueron El peor día de Freud –en el que se narra cómo debe Sigmund y su hija Ana dejar su hogar y refugiarse en otro país por la persecución que se les venía encima- o Tierra del Fuego –que si bien trata sobre el conflicto árabe-israelí tiene varias referencias a la Shoá-. Hasta se utilizó el tema de forma humorística poniendo en escena una obra de Bertolt Brecht, Historias Abominables que tiene como trasfondo como se vivía en la época del nazismo y muestra el sufrimiento de una judía ante estas nuevas condiciones de vida. Todas estas obras estuvieron en el teatro El Galpón, uno de los más distinguidos teatros independientes de nuestro país. Otra digna de mención fue Cristales Rotos, excelente obra del Teatro Circular.
Pero no fue el único lugar que utilizó a Hitler y el nazismo como fondo para montar un espectáculo. En la muestra de fin de año de la Escuela de Comedia Musical Luis Trochón se llevó a escena un musical llamado Las Productoras, en la que las productoras de musicales necesitaban tener un espectáculo fracasado para poder estafar a sus financiadores y eligieron mostrar al nazismo bajo una luz positiva.

Más allá del debate acerca de si se debería o no crear arte o determinado tipo de expresiones artísticas usando al nazismo y a la Shoá de fondo, lo que me parece peculiar es que a pesar de la enorme cantidad de información, la gente opte –conscientemente o no- por conocer tan poco sobre esta parte de nuestra historia como humanidad.

A lo largo de mis tres años como educador del Proyecto Shoá me llevé las mayores sorpresas tanto en ignorancia como en sapiencia por parte de los estudiantes. Sin embargo lo que he notado consistentemente es la superficialidad con la que se trabaja y se conoce el tema y lo mucho que falta para generar conciencia de que no es simplemente otro tema más del programa de historia sino que es un asunto que nos atraviesa como humanidad.

Aprender acerca de la Shoá debería implicar enseñarnos a ser mejores personas. A reflexionar sobre el bien y el mal, sobre la esencia del hombre. A darnos cuenta de lo peligroso que es prejuzgar, discriminar y ser violentos. A percibir que los límites entre lo que los nazis hicieron y lo que nosotros somos capaces de hacer son difusos.

Por eso este 27 de enero es tan importante. Porque es un día en el que podemos detenernos y reflexionar sobre cómo queremos preservar la memoria para las generaciones venideras. Para que esto no ocurra con el pueblo judío ni con ningún otro pueblo.

Por Fabián Álvarez
Educador Proyecto Shoá
Voluntario Centro Recordatorio del Holocausto

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La Shoá también es nuestro patrimonio

Originalmente publicado en el Semanario Hebreo el 9 de octubre de 2014. Muchas gracias a Ana Jerozolimski por querer publicarlo allí y a Rita Vinocur por motivarme a escribirlo.

La Shoá también es nuestro patrimonio

Por Fabián Álvarez

Hace más o menos una semana Rita Vinocur me envió un correo electrónico invitándome a participar de una jornada por el Día del Patrimonio en el Centro Recordatorio del Holocausto, en la Kehilá. Hace años yo quiero visitar la quinta de Don José Batlle y Ordoñez, algo alejada del clásico circuito de atracciones del fin de semana del patrimonio, pero ¿se le puede decir que no a una invitación de Rita Vinocur?

La respuesta es un rotundo no porque al menos yo no conozco una persona con más energía y que transmita tanta pasión a la hora de convocarnos a recordar lo que ocurrió en la Shoá con el pueblo judío (y también con las otras víctimas del nazismo).

Todas las veces que la escuché hablar sobre lo que ocurrió y sobre la importancia de que las nuevas generaciones recordemos ha sido no sólo porque ella es hija de una sobreviviente, sino porque la discriminación sigue presente. Y no sólo con el preocupante crecimiento del antisemitismo en el mundo sino también en situaciones más pequeñas y cotidianas que en Uruguay judíos y gentiles vivimos.

La Shoá como cenit la discriminación al diferente hace que miremos a nuestra comunidad y a nosotros mismos para examinar nuestras conductas, nuestro accionar y nuestro pensamiento. Nos hace preguntarnos ¿Estamos acaso libres de esta mancha nosotros mismos? ¿Podemos hablar sobre la Shoá y las lecciones que dejó a la humanidad con las manos limpias y los ojos honestos? ¿Podemos abogar por el reconocimiento al derecho que tenemos todos de ser diferentes para que así empiece la igualdad entre los seres humanos?

Terminando con estas digresiones, mi plan para el domingo pasado rápidamente cambiaron. Su invitación no fue del todo clara porque yo no sabía si me invitaba para ser parte de las actividades o para que la ayudara en algo en específico. Hace tres años soy educador del Proyecto Shoá y al cruzarnos en distintas actividades educativas en la temática Rita siempre me sugirió que si tenía tiempo podía ser guía en el Museo de la Shoá. Nunca le dije que no pero la vorágine en la que se vive hace que a veces releguemos actividades de verdad importantes. Unos días después salí de la duda porque me envió información sobre el Museo para que estudiara.

Ese domingo llegué un poco tarde. El cambio de hora conspiró en mi contra. Para mi sorpresa, la gente estaba en un lugar dela Kehilá en el que nunca había estado: la sinagoga. Nunca había entrado a una sinagoga. Al ser católico me sorprendió lo diferente que era a una Iglesia, aunque yo ya sabía bien que iba a ser completamente distinta. Igualmente no pude quedarme pensando mucho en estas diferencias porque estaba frente a un auditorio lleno y enseguida Rita me vio llegar y me pidió que pasase al frente. Con la desfachatez que me caracteriza disfracé mis nervios de coraje y me paré al lado de ella.

Difícil es tener algo para agregar sobre la Shoá cuando Rita habla pero aún más difícil es estar parado enfrente de un auditorio lleno en completo silencio. Si lo hubiese hecho la gente se hubiera preguntado “¿Y este muchacho que hace ahí?” así que cada tanto compartí un poco del conocimiento que fui adquiriendo a lo largo de estos años de estudio sobre la Shoá.

Esta charla que tuvimos con todos los que, como yo, decidieron dedicarle este domingo tan especial, a conocer otra parte de nuestro patrimonio, ya no como uruguayos sino como habitantes de este planeta, sirvió de prolegómeno a lo que iba a suceder después.

Una hora después de comenzar a hablar sobre que fue la Shoá, sobre el Centro Recordatorio del Holocausto (con su Museo y su recién inaugurada Biblioteca) llegaron los sobrevivientes  Irene Brunstein e Isaac Borojovich a compartir sus experiencias con nosotros.

Isaac, con el oficio de quien ya ha hablado sobre el tema en público infinidad de veces se mostró canchero y hasta podríamos decir divertido, incluso al hablar de vivencias tan terribles. Nos conmovimos con su dolor pero también nos divertimos con sus picardías y su ingenio para sobrevivir.

Antes de que Isaac tomara la palabra, habló Irene, que nunca lo había hecho anteriormente. Su testimonio fue completamente distinto al de Isaac pero su presencia (junto a su hija) fue poderosamente carismática. Todos quisimos hablar con ella, tomarnos una foto y comprarle su libro, recientemente publicado y cuyas ganancias están siendo donadas al Centro Recordatorio. Al abrirse un espacio de preguntas yo tuve la curiosidad de preguntarle porqué estaba contando su historia ahora. Me contestó que era porque veía que el mundo precisaba que la contase por el creciente antisemitismo. Y con esta respuesta nos pasó la posta a todos los que allí estábamos presentes: al conocer esta historia tenemos que contarla para que no se olvide, para que no se repita con ningún pueblo.

A modo de anécdota, al finalizar la charla de Isaac ambos se dan cuenta que fueron vecinos hace más de sesenta años y, como si nosotros no estuviéramos allí, con gran emoción comienzan a ponerse al día. Esa emoción que ellos sentían de alguna manera también la sentimos todos nosotros.

Tras una improvisada venta de libros comenzó el taller de literatura femenina de la Shoá de la profesora Andrea Blanqué. Si bien hay eximios escritores del sexo masculino que cuentan lo que ocurrió en la Shoá; y lo cuentan de forma tal que sus escritos poseen un enorme valor literario además de histórico, Andrea se concentró en mostrarnos el universo femenino de escritoras de la Shoá, desde las más insignes como Hèlene Berr y Anna Frank hasta aquellas menos conocidas. Como generalidad nos planteó que se destacaba el diario íntimo y la poesía como formas elegidas por las mujeres para contar su historia. También se repite el origen intelectual y social encumbrado y lo asimiladas que estaban a la sociedad de algunas de estas incipientes escritoras. Las edades y las formas, los países y sus historias personales varían y todas merecen particular atención. Como eso no es posible me enfocaré en otro punto.

Dar un taller sobre literatura de la Shoá o literatura concentracionaria no es como hablar acerca de cualquier otro período histórico de la literatura, con sus grandes hitos y autores. Este tipo de literatura, para quienes sentimos una profunda empatía con lo que pasó en el nazismo nos conmueve hasta la médula. Y Andrea no es una excepción. La emoción con que transmite su caudal de conocimiento hace que quienes la escuchamos no sólo aprendamos sino también nos conmovamos con ella. Por eso cada vez que la escucho se me pianta un lagrimón y no fui el único en ese auditorio al que le pasó.

Finalizando con esta larga jornada recorrimos juntos el Museo y allí tuve la oportunidad de hablar con quienes habían decidido estar tantas horas escuchando hablar sobre un tema tan árido y doloroso. Había muchas preguntas y mucha gente por lo que el Museo quedaba pequeño. Sin embargo, al irles contando la historia detrás de cada una de las cosas que allí se encuentran nuevas lágrimas aparecían y con ellas nueva consciencia.

Si bien la Shoá ocurrió en Europa hace setenta años con el pueblo judío es parte de nuestro patrimonio como humanidad como explicaba anteriormente y también como uruguayos. A modo de ejemplo, Irene comentaba que su primera nacionalidad fue la uruguaya dado que nunca pudo tener la polaca. Todos aquellos sobrevivientes que decidieron vivir en Uruguay crearon familias y contribuyeron al desarrollo del país en todas las ramas imaginables. Junto a otros, crearon el Uruguay de hoy. Y también dejaron sus historias que se convierten en nuestro legado y en nuestro patrimonio.

Articulo Semanario Hebreo

 

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